1- Cuando aun no tenía edad para tener responsabilidades, siquiera escolares, cuando aun no tenía edad para saber qué era una ñoñería y qué no o conocer la total ausencia de reglas fijas que establezcan tal diferencia, me detuve ante un ventanal interrumpiendo mi juego. Así, sin planificarlo, sin motivos para parar como tampoco había motivos para seguir, sin necesidad de desviar la mirada como no había necesidad de mantenerla, dediqué al menos una hora a mi más vívido atardecer. Lo engullí por entero, cada detalle, cada cambio de tonalidad o luminosidad, no desvié la mirada hasta bastante después de que el sol, filtrada su luz en la calina, se hubiera ocultado perezosamente tras el horizonte. Nada, absolutamente nada estropeó ese largo momento.

2- Otro día solo en el patio de tierra del colegio. Mi madre tenía reunión de profesores, en algún lugar de las dos largas naves prefabricadas. La maquinaria de la extractora de áridos de al lado del colegio había parado hacía tiempo y el viento levantaba polvo de un suelo plagado de guijarros, ocasionales trozos de cristal y la forma herrumbrosa de algún clavo. Mi lugar favorito del patio a aquellas horas era la zona “de mayor movimiento”, un rincón tras la única edificación de bloques aparte del muro que nos separaba de la maquinaria, el lugar sin salida donde quedaban atrapados papeles, bolsas y otros desperdicios que traía el viento para luego danzar en remolinos. Ya reconocía qué golpe de aire era capaz de levantar buena parte de los materiales y hacerlos girar unos segundos. Cuando lo oía silbar y venir, saltaba al centro a girar en medio. En uno de esos giros la ví… Iballa. Quizá sus padres se habían demorado. “¿Qué haces?”. “Giro con el viento”, repliqué aun sorprendido de que esa fuera la conversación más larga que había tenido con la niña en quien primero me fijé al llegar al colegio. “¡Deja probar!”, y con esa frase se lanzó al medio y giró, giró… y aun puedo oir su risa.

3- Quizá unos meses o algún año después, en su octavo cumpleaños, un niño miraba a la luna de primeras horas de la noche preguntándose cómo sería verla ese mismo día del año 2000. La cifra mágica, el año antes de que se enviara el primer vuelo tripulado a Júpiter aunque sólo fuera en ficción. Pero ese no era el momento.

El día de mi cumpleaños del 2000 no era motivo de especial celebración. La tarde era gris y no sólo en gruesos nubarrones. Enjuagando las lágrimas que señalan el fin irremisible de una relación sentimental, alimentadas por el lado perverso del recuerdo, ahogué un último sollozo, apreté los dientes, las llaves del coche y el volante. Conduje hasta que creí que había llegado el momento, los primeros minutos de total oscuridad. Había tenido la esperanza de que el cielo estuviera más despejado a mayor altura. Me mantuve obstinadamente pese el frío, se lo debía a aquel niño de ocho años. En un claro repentino la luna se asomó, algo más alta en el firmamento que otrora. “No ha sido como creías, chaval. No estás donde esperabas, no es el futuro en que creías, no gozas de la misma serenidad. Pero estás aquí, lo has logrado, tú has cumplido”. Le devolví una sonrisa más bien triste a la inquisitiva mirada de un niño ingenuo… y el niño sonrió. Giró la cabeza: “!voy, papá¡”. Se volvió una vez más hacia la luna, baja en un cielo casi despejado, para luego entrar en la casa. Otras lágrimas se entremezclaron con las casi secas de tristeza. “¡Feliz cumpleaños, campeón!”.

4- Unos pocos años antes, sentado entre chicos y chicas vestidos con camiseta y vaqueros, me ajustaba la corbata, la única indicación de que estaba tan nervioso como ellos tras mi leve sonrisa de estudiada confianza. Pero había llegado diez minutos antes y ya sabía, aun antes de atravesar con firme pero discreto taconeo el umbral de la puerta de mi entrevistadora, que el puesto era mío. Tras superar una prueba a la que se habían presentado diez mil para ciento cincuenta oportunidades de llegar a la entrevista, sólo tenía que superar el segundo corte, estar entre los cincuenta elegidos. La entrevista era un trámite, casi un paseo. Estaba tan embriagado de éxito que cuando mis casi veinte años estrecharon la mano de la entrevistadora a la salida, su sonrisa era tan franca como ahora era la mía. Con las manos en los bolsillos pasando por debajo y no por delante de la chaqueta entreabierta, salí del edificio con la cabeza tan alta que sólo haber sabido silbar hubiera mejorado la sensación. Un mes más tarde mi padre me miraba con orgullo, pero ese era su momento de felicidad.

5- “Éste es su coche, está aquí… y aun así, por mucha gente que aparece y está a un paso de descubrirme otra vez, no aparece”.

No me había dejado muchos datos, y yo tampoco había querido parecer insistente. Ese fin de semana no podíamos vernos, ella no podía dejar de ir, aunque no le pagaran para ello ni estuviera especialmente contenta con sus empleadores. Le había oido nombrar el lugar, pero había tres lugares con el mismo nombre entre los bosques de la isla. Esa noche ya había estado en uno donde no había nadie, así que había conducido hasta ahí abajo, donde un único coche aparcado parecía decirme que ese tampoco sería el lugar. Pero tras un breve camino divisé luces de campamento y luego su coche entre otros tantos en una explanada superior. La música me indicó que aun no era su número, para el que había estado ensayando y que yo sabía de primera mano que iba a encantar a los niños. Pero me descubrió el gerente saliendo del barracón del escenario justo cuando más próximo me encontraba yo al mismo, y aunque mis explicaciones me permitieron salir de ahí, no terminaron de convencerle. Al poco me seguían dos linternas hasta iluminar mi coche. Al menos no sabían quién era yo.

Cuando se fueron trepé por la ladera de pinocha entre pinos en vez de volver a usar el camino, ahora vigilado como indicaban los regulares destellos al final del mismo. Tras varios resbalones, llegué al otro lado de la valla de madera que separaba el aparcamiento superior de la peligrosa pendiente en que me encontraba. Cada vez que oía alguien acercarse intentaba distinguir si era ella, lo que se hacía difícil a contraluz y con los ojos acostumbrados a la oscuridad que me protegía. En dos ocasiones sendas parejas estuvieron muy cerca de verme al deslumbrarme el súbito encendido de los intermitentes que acompaña a una señal de apertura a distancia. Cuando al fin la vi, una compañera suya la acompañaba. Pero se fue antes, y cuando ella iba a seguirla, me arriesgué y la llamé por su nombre. Luego algo más alto. Su sobresalto rivalizó con mi temor a haber sido escuchado por alguien más, pero a gachas entré en el alcance de su linterna. La apagó y se acercó: “¿Qué haces aquí? ¡Estás loco! ¡nos han avisado de que alguien merodea el campamento y de que no vayamos solas!”. Sonreí, sonrió, la besé y me abrazó.

6- Prefiero escuchar desde el primer acto, pero ésta es mi parte favorita: