Para los que crecieron una vez cayó el “Telón de acero” resulta difícil comprender películas de familias berlinesas que escapan a través de rejas y campos minados en mitad de la noche buscando llegar a la otra capital, Bonn. Pero aun más difícil es captar todo el significado, toda la carga emocional y el terror sublimado que simboliza “el botón”.

“El botón” es lo que aprendías a ignorar en tus preocupaciones diarias aun sabiendo que estaba ahí, que saltaría de su agujero cuando el telediario interrumpiera toda emisión para anunciar el choque de dos submarinos en el Atlántico, el derribo accidental de un avión comercial o el lanzamiento de un nuevo satélite espía.

“El botón” dió vida a la pesadilla perfecta. “Terminator” no fue su primera aparición en pantalla, pero su secuela alcanzaría todo su demencial potencial. La segunda película, era menos tensa que la original. Hasta su aparición, el máximo representante de ese horror tecnológico era el mudo pavor estroboscópico de la más famosa secuencia, no apta para epilépticos, de “Juegos de guerra”. El guión de “T2″ fue adaptado al gusto del ahora gobernador californiano. La película sería más recordada por sus efectos especiales.

Pero el metal líquido ya había aparecido antes en pantalla en “El vuelo del navegante”, de la Disney, y el convenio entre actor y director respecto al guión tendría un interesante efecto secundario: ni el Dr. Strangelove que nos enseñó a amar a la bomba podía alcanzar la locura e intensa desesperación de una madre referiéndose al asesino del padre de su hijo como la elección más lógica, el mejor padre que éste jamás podría llegar a tener. Un trozo de frío metal que jamás le haría daño y que moriría por él. Y el hijo lo sabe: lleva más tiempo conviviendo con ese terror que con su padre biológico.

Pero como si eso no bastase para hacer sonar todas las alarmas de cordura en el espectador, queda la guinda de la futilidad: cambiar el pasado anula los motivos futuros para querer retroceder en el tiempo. Sin incentivo para cambiar la historia, no se retrocede. Y si no se hace, la historia original se repite, volviendo al punto original donde sí se quisiera retroceder. Los personajes quedan así atrapados en un doble bucle en el cual deja de haber un futuro más allá del punto de salto. El verdadero terror es que nada puede deshacer lo que ya ha sido hecho, aquí es donde el espectador vuelve al mundo real sabiendo que la única forma de acabar con la proliferación nuclear es usar tal arsenal hasta las últimas ojivas nucleares. Y luego luchar con palos y piedras.