El recién nombrado director general del Instituto Nacional de Cinematografía ha tenido la valentía osadía de esgrimir las siguientes palabras.
“No puede haber contraposición entre los que defienden internet y los que defendemos un modelo de audiovisual actual, no el de los años 70. Tenemos que trabajar todos juntos para encontrar un modelo del siglo XXI y a la vez proteger los derechos de los creadores. Tenemos mucho trabajo por delante y así conseguir entre todos que en internet no haya sólo anuncios de lavadoras”.
Tiene mala baba que se esgrima ese pretexto para incitar a cambiar “leyes desfasadas” (entre las que quiero creer que no alude a la constitución del 78) en aras de la defensa a ultranza de una industria que no sólo se niega a adaptarse a los cambios sino que encima exige que nos quedemos en ese mismo pasado de los 70s.
Un intercambio en una lista de correo me ha llevado a fascinantes reflexiones. Para poner en antecedentes, en dicha lista he escrito algo que no es verdad. No por intencionalidad (consciente), sino por no tomarme el trabajo de investigar si realmente es verdad. El resultado fue esta situación:
Quedé como un gilipollas –> Aprendí algo nuevo.
Desde mi punto de vista el beneficio supera ampliamente el coste… porque el coste que he dado es falso. Aparte, si no hubiera dicho nada no habría aprendido nada (para los aficionados a la lógica, ésto tampoco es necesariamente cierto). Corrijamos el coste:
Quedé como un gilipollas (ante un grupo de personas, ninguna de las cuales veo día a día).
Ahora resulta natural que la relación coste-resultado me resulte favorable: mi orgullo queda intacto a un nivel práctico, obteniendo algo a cambio de invertir nada o casi nada.
Pero ¿y si fuera un grupo de personas con las que tratase frecuentemente? El coste podría no compensar el beneficio. ¿Es el temor a quedar como gilipollas el motivo por el que personas con conocimientos se callan cuando tienen mucho que decir? Podría serlo. Podría ser pereza (o egoismo, si uno entiende la pereza de ese modo). Podría ser cualquier otro motivo: no me atañe (nuevamente, no del todo cierto).
La segunda reflexión, que da título a esta entrada, sí me atañe plenamente. Emplear consciente o inconscientemente un mecanismo de resultados conocidos, donde otro se toma el trabajo de investigar y exponer las cosas que me resultan puntualmente interesantes… ¿acaso no es egoista? ¿No es egoista no sólo cargar en hombros de otro ese esfuerzo puntual sino también el no esforzarme para ser experto en cualquier otra materia sobre la que pueda, a mi vez, aportar? Lo es. Claro que lo es.
La tercera reflexión es acerca de por qué recurro desde infante a ese ardid que sin duda sacaba de quicio a mis profesores. Decir algo blatantemente falso funciona: una visita a la web de cualquier charlatán muestra que atrae a voces críticas y (generalmente) mejor informadas. Si tal web admite comentarios, claro. Pero la reflexión es más bien acerca de qué olvidados motivos me alejaron de métodos menos exhasperantes de aprender. Como preguntar, por ejemplo. Tiene el potencial de permitir aprender sin quedar como un gilipollas. ¿Me ha dado tan poco resultado? ¿Tiene aquí algo que ver mi anterior, segunda primera reflexión?
Pudiera ser que preguntar llevase a recibir por respuesta un justo “investígalo tú”. Si ese fuera el caso, decir una falsedad con la esperanza de ser corregido vendría a ser una versión avanzada de convertir mi problema en el problema de otro, con la lógica consecuencia de ser tan mal visto como cualquier otro tipo de enmarronador.
Conclusión: llamadme “cabrón”. ¿No veis que no sólo lo merezco sino que lo estoy deseando? ¡Egoistas! Bueno, vale, merezco la consideración pero no el gusto de oirlo. Pero pensad en ello si tras leer hasta aquí os ha servido de algún modo a nivel personal.
…y si alguien se siente ofendido por mi forma de ser, algo a lo que tiene pleno derecho, que me perdone o que no lo haga: a la vista queda que soy muy indulgente conmigo mismo en determinadas cosas porque soy mi peor crítico en otras.
Para este canario, no cualquier canario, la sequedad ambiental es un problema. Los lacrimales no están acostumbrados, ni las fosas nasales. Madrid me mata. Ciudad hostil, que empequeñece, que recluye con su ausencia de horizontes. Es un respiro de alivio la facilidad que ofrece para viajar, pues es perentoria la necesidad que produce su asfixiante entorno.
Pero con todo, no fueron esos mis motivos para escapar aquella última vez. Fue la certeza de que Madrid iba a quedar enlazado para siempre con tu recuerdo. No supe, no pude, no puedo aceptar ser pasado. Fui, ahora lo sé, una sombra que buscaba un clavo ardiendo.
Ahora soy la sombra de una sombra que busca substanciarse a partir de la oscuridad que proyecta ese clavo. No sé desprenderme de ese pasado. No quiero, no puedo, no he sabido perdonarme como no he sabido repudiarte. No he sabido dejar de quererte.
Sé de mi egoismo, de mi estupidez al no querer seguir adelante. No logro aprender que no existe peor ponzoña que la memoria.
…me recordé entre el sarcasmo y el asombro. Sólo con cambiar el hábito de meter papeles y restos de comida en una bolsa por el de meter papeles y restos en el mismo envase donde vinieron, que por lo general almacenan incluso sin compactar el contenido propio y el de otros cuatro envases. Papeles atiborrando sobres, basura orgánica llenando bricks y/o latas hasta arriba… El cubo semeja un archivador por categorías y no requiere el menor esfuerzo para aparentarlo.
Quizá requiera esfuerzo donde hay contenedores de recogida selectiva, pero no mucho más esfuerzo.