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Author of this theme is Kaushal Sheth who loves making WP & TXP Themes.
Mientras camino por la plataforma veo su regia efigie en la deriva. Creí que sólo la ostentaba un ejemplar, pero debe formar parte de la publicidad de la compañía sueca, también en la UK ETPS. Grifo, el animal mitológico, mitad rapaz mitad león. Un vistazo basta para comprobar que iremos en configuración limpia, el grifo sin sus garras. Una parte de mí preferiría que fuésemos con carga, si no bélica al menos tanques de combustible, pues el aparato es tanto menos maniobrable a mayor carga alar. No sé si tiemblo de pavor o de anticipación, la misma sensación que siente uno antes de saltar al vacío, que por otra parte había tenido que realizar en repetidas ocasiones como exigencia previa al vuelo. Mentiría si dijera que no salté aterrado en cada ocasión, como mentiría si dijera que, una vez tocaba suelo, no me invadía el regocijo de volver a intentarlo.
Dimos la vuelta frente a la larga sonda pitot en la proa del avión para aproximarnos al costado izquierdo. Aunque no tocaría los mandos, me habían enseñado parte de la funcionalidad del aparato, principalmente las pantallas. Mi puesto y el del piloto eran practicamente idénticos, a diferencia de otros entrenadores. Extendí la mano para aferrar la escala plegable de la que disponía el avión, a poca distancia de los canards, y me introduje malamente en la cabina. El piloto iba detrás mío, pues debía comprobar los cierres de los atalajes que me mantendrían pegado al asiento, así como de la correcta conexión de la máscara. Una vez hecho eso, bajó y plegó mi escala para subir a su puesto empleando la suya. La cúpula descendió y pude comprobar, pese a que tiene más montantes que otros aparatos, que la visibilidad era excelente. No quise pensar demasiado en la línea que recorría la parte superior en zig-zag, el cable detonador que rompería la cúpula en el caso de que algo fuera mal y hubiera que propulsar el cuarto de tonelada de mi asiento a su través. Me recorrió un escalofrío y me concentré en las pantallas frente a la palanca de mandos, mis piernas a cada lado, cada una en un estrecho conducto, notando el pedal de dirección que, aparte del timón, en tierra controla la rueda delantera. Mientras leía los indicadores retiré un poco las piernas para no presionar por error. Indicadores de funcionalidad de los sistemas, que se fueron marcando en verde según el piloto hacía las comprobaciones prevuelo. Le oí pedir autorización para iniciar carreteo por mis propios auriculares. Con el casco ni me había percatado de cuando se había encendido el motor pero ahora era perceptible su zumbido, aumentado ligeramente ahora que el piloto había soltado el freno e iniciábamos la marcha. Nos dirigimos por un laberinto de calles, frenando antes de cada entrada en pista, en medio de cortas pero frecuentes llamadas a torre. Finalmente el avión dió un giro y vi que ante nosotros se extendía una senda recta y bastante más ancha. Otra conversación más con torre tras subir la intensidad del motor, ahora atronador incluso bajo el casco, el avión nervioso retenido sólo por los frenos. Tragué saliva: no había vuelta atrás.
Cuando el piloto soltó el freno el avión saltó adelante, mucho más violentamente y ganando velocidad varias veces más rápidamente que un vuelo comercial. Tras una breve carrera y antes de que pudiera reponerme el mundo dió un vuelco y supe que el piloto había tirado hacia atrás de la palanca, terminado la rotación casi tan rápido como la empezó. Ahora subíamos casi en vertical, o eso parecía por la presión que me aplastaba contra el espaldar. La bestia mítica, vacía de encanto en tierra, volvía ahora a su reino, atravesando tan rápido las nubes que durante un instante temí que conformaran una sólida pared. Bajé la vista algo mareado, comprobando que el contenido de las pantallas había cambiado y ahora mostraban entre otras cosas un mapa de posición. “Don’t need, don’t show”, parte de la filosofía para que un aparato tan complejo no saturase los sentidos de sus ocupantes. Y el ocupante del asiento trasero, el asiento del instructor, me estaba hablando. Le pedí en el inglés más correcto que pude que repitiera la pregunta y me respondió con un risa “sólo preguntaba si seguías conmigo y si estás preparado”. “No, pero adelante igualmente”. Con esa señal alabeó fuertemente a la derecha y picó, y ahí estaba yo, apretado contra el asiento viendo el mundo boca abajo antes de precipitarnos nuevamente hacia las nubes. Bajo ellas, las edificaciones de la costa crecían a velocidad de vértigo. Al poco de recuperar el picado sobrevolábamos el mar a gran altura. “Escucha ahora”, me dijo mientras descendíamos ligeramente, aumentando la potencia del motor. Una nubecilla salida de la nada nos dió una bofetada y todo sonido se amortiguó repentinamente. Mach 1.05. No estaba previsto emplear poscombustión, pero en configuración limpia la bestia que cabalgábamos era capaz de supercrucero. De haber alguien allá abajo en el mar en nuestra senda de vuelo, se habría llevado un buen susto. Picamos un poco más hasta Mach 1.1 y luego ascendimos hasta los cuarenta y ocho mil pies, cambiando velocidad por altitud en un amplio arco. El cielo se había oscurecido apreciablemente, y aunque era de día pude observar algunas estrellas. El avión estaba a sólo unos pocos miles de pies de su techo, lejos de los ochenta mil pies necesarios para el cielo negro donde podríase estrechar la mano al Hacedor.
Viraje cerrado, proa a tierra según el mapa, ésto se acaba. “Atención ahora”, oí. Lo que sucedió luego es difícil de describir. Hasta ese momento cada simple movimiento del aparato me había puesto enfermo momentaneamente o me había aplastado el pecho contra el asiento con garras de acero, pero el piloto me diría después que esas eran maniobras amplias, de muy pocas G’s. El avión empezó a hacer cabriolas por el cielo, como si intentara zafarse de algún perseguidor. Tan pronto notaba la cabeza pesada y destellos en mi visión como las piernas aprisionadas por el ajustado traje de vuelo, el sol en mi visera o a mi espalda. En algún punto estuve a punto de perder la conciencia, pero dado que mi acompañante podía ver mi casco desde detrás, podía dosificar la tortura a voluntad. No inconsciente pero aun no consciente del todo, la cabeza se me despejó lo suficiente cuando ya enfilábamos pista. Nunca había vivido un aterrizaje mirando al frente. La pista se aproxima como si quisiera convertirte en papilla. Nada más tocar tierra me obligué a girar la cabeza y mirar hacia atrás. La súbita frenada casi me disloca el cuello, pero quería verlos funcionar. Nada más tocar la rueda delantera, el piloto aplica freno, aerofreno y bajan los canards para aportar aerofrenado adicional al tiempo que presionan la proa y su aterrizador contra la pista para ejercer mayor frenada. Y qué frenada. No pude evitar dar grititos de alegría cuando el avión aparcó en su lugar en la plataforma y la cabina se abrió, ebrio de gloria como estaba. Será algo que no vuelva a repetir en la vida, pero qué más dá si puedo saborear mil veces su recuerdo.
1- Cuando aun no tenía edad para tener responsabilidades, siquiera escolares, cuando aun no tenía edad para saber qué era una ñoñería y qué no o conocer la total ausencia de reglas fijas que establezcan tal diferencia, me detuve ante un ventanal interrumpiendo mi juego. Así, sin planificarlo, sin motivos para parar como tampoco había motivos para seguir, sin necesidad de desviar la mirada como no había necesidad de mantenerla, dediqué al menos una hora a mi más vívido atardecer. Lo engullí por entero, cada detalle, cada cambio de tonalidad o luminosidad, no desvié la mirada hasta bastante después de que el sol, filtrada su luz en la calina, se hubiera ocultado perezosamente tras el horizonte. Nada, absolutamente nada estropeó ese largo momento.
2- Otro día solo en el patio de tierra del colegio. Mi madre tenía reunión de profesores, en algún lugar de las dos largas naves prefabricadas. La maquinaria de la extractora de áridos de al lado del colegio había parado hacía tiempo y el viento levantaba polvo de un suelo plagado de guijarros, ocasionales trozos de cristal y la forma herrumbrosa de algún clavo. Mi lugar favorito del patio a aquellas horas era la zona “de mayor movimiento”, un rincón tras la única edificación de bloques aparte del muro que nos separaba de la maquinaria, el lugar sin salida donde quedaban atrapados papeles, bolsas y otros desperdicios que traía el viento para luego danzar en remolinos. Ya reconocía qué golpe de aire era capaz de levantar buena parte de los materiales y hacerlos girar unos segundos. Cuando lo oía silbar y venir, saltaba al centro a girar en medio. En uno de esos giros la ví… Iballa. Quizá sus padres se habían demorado. “¿Qué haces?”. “Giro con el viento”, repliqué aun sorprendido de que esa fuera la conversación más larga que había tenido con la niña en quien primero me fijé al llegar al colegio. “¡Deja probar!”, y con esa frase se lanzó al medio y giró, giró… y aun puedo oir su risa.
3- Quizá unos meses o algún año después, en su octavo cumpleaños, un niño miraba a la luna de primeras horas de la noche preguntándose cómo sería verla ese mismo día del año 2000. La cifra mágica, el año antes de que se enviara el primer vuelo tripulado a Júpiter aunque sólo fuera en ficción. Pero ese no era el momento.
El día de mi cumpleaños del 2000 no era motivo de especial celebración. La tarde era gris y no sólo en gruesos nubarrones. Enjuagando las lágrimas que señalan el fin irremisible de una relación sentimental, alimentadas por el lado perverso del recuerdo, ahogué un último sollozo, apreté los dientes, las llaves del coche y el volante. Conduje hasta que creí que había llegado el momento, los primeros minutos de total oscuridad. Había tenido la esperanza de que el cielo estuviera más despejado a mayor altura. Me mantuve obstinadamente pese el frío, se lo debía a aquel niño de ocho años. En un claro repentino la luna se asomó, algo más alta en el firmamento que otrora. “No ha sido como creías, chaval. No estás donde esperabas, no es el futuro en que creías, no gozas de la misma serenidad. Pero estás aquí, lo has logrado, tú has cumplido”. Le devolví una sonrisa más bien triste a la inquisitiva mirada de un niño ingenuo… y el niño sonrió. Giró la cabeza: “!voy, papá¡”. Se volvió una vez más hacia la luna, baja en un cielo casi despejado, para luego entrar en la casa. Otras lágrimas se entremezclaron con las casi secas de tristeza. “¡Feliz cumpleaños, campeón!”.
4- Unos pocos años antes, sentado entre chicos y chicas vestidos con camiseta y vaqueros, me ajustaba la corbata, la única indicación de que estaba tan nervioso como ellos tras mi leve sonrisa de estudiada confianza. Pero había llegado diez minutos antes y ya sabía, aun antes de atravesar con firme pero discreto taconeo el umbral de la puerta de mi entrevistadora, que el puesto era mío. Tras superar una prueba a la que se habían presentado diez mil para ciento cincuenta oportunidades de llegar a la entrevista, sólo tenía que superar el segundo corte, estar entre los cincuenta elegidos. La entrevista era un trámite, casi un paseo. Estaba tan embriagado de éxito que cuando mis casi veinte años estrecharon la mano de la entrevistadora a la salida, su sonrisa era tan franca como ahora era la mía. Con las manos en los bolsillos pasando por debajo y no por delante de la chaqueta entreabierta, salí del edificio con la cabeza tan alta que sólo haber sabido silbar hubiera mejorado la sensación. Un mes más tarde mi padre me miraba con orgullo, pero ese era su momento de felicidad.
5- “Éste es su coche, está aquí… y aun así, por mucha gente que aparece y está a un paso de descubrirme otra vez, no aparece”.
No me había dejado muchos datos, y yo tampoco había querido parecer insistente. Ese fin de semana no podíamos vernos, ella no podía dejar de ir, aunque no le pagaran para ello ni estuviera especialmente contenta con sus empleadores. Le había oido nombrar el lugar, pero había tres lugares con el mismo nombre entre los bosques de la isla. Esa noche ya había estado en uno donde no había nadie, así que había conducido hasta ahí abajo, donde un único coche aparcado parecía decirme que ese tampoco sería el lugar. Pero tras un breve camino divisé luces de campamento y luego su coche entre otros tantos en una explanada superior. La música me indicó que aun no era su número, para el que había estado ensayando y que yo sabía de primera mano que iba a encantar a los niños. Pero me descubrió el gerente saliendo del barracón del escenario justo cuando más próximo me encontraba yo al mismo, y aunque mis explicaciones me permitieron salir de ahí, no terminaron de convencerle. Al poco me seguían dos linternas hasta iluminar mi coche. Al menos no sabían quién era yo.
Cuando se fueron trepé por la ladera de pinocha entre pinos en vez de volver a usar el camino, ahora vigilado como indicaban los regulares destellos al final del mismo. Tras varios resbalones, llegué al otro lado de la valla de madera que separaba el aparcamiento superior de la peligrosa pendiente en que me encontraba. Cada vez que oía alguien acercarse intentaba distinguir si era ella, lo que se hacía difícil a contraluz y con los ojos acostumbrados a la oscuridad que me protegía. En dos ocasiones sendas parejas estuvieron muy cerca de verme al deslumbrarme el súbito encendido de los intermitentes que acompaña a una señal de apertura a distancia. Cuando al fin la vi, una compañera suya la acompañaba. Pero se fue antes, y cuando ella iba a seguirla, me arriesgué y la llamé por su nombre. Luego algo más alto. Su sobresalto rivalizó con mi temor a haber sido escuchado por alguien más, pero a gachas entré en el alcance de su linterna. La apagó y se acercó: “¿Qué haces aquí? ¡Estás loco! ¡nos han avisado de que alguien merodea el campamento y de que no vayamos solas!”. Sonreí, sonrió, la besé y me abrazó.
6- Prefiero escuchar desde el primer acto, pero ésta es mi parte favorita:
El acontecimiento que relataré cerca del final de este escrito me tuvo riendo durante veinticinco minutos seguidos. Me abstuve, empero, de escribir aquí sobre ello, pues con los escritos políticos (y algunos otros) pasa que en el extranjero nadie se entera ni papa de qué va el asunto. Y seamos sinceros, con este nombre de página es más probable que me lea un finés que un español.
Pero ha caido la gota que colma el vaso. El cabecita de la oposición Sr. Rajoy, arremete contra el gobierno con las siguientes palabras:
“…lo que sí sé es que cuando gobernamos reducimos el paro a la mitad”.
Agradezco su sinceridad al respecto, Sr. Rajoy, al decir que no sabe de muchas más cosas. Por ejemplo, no quiere saber que esa receta a la que alude, ese “milagro español”, fue a base de emplear en el sector del ladrillo, creando la burbuja cuya reventón dió el pistoletazo de salida a esa crisis que usted mismo insiste en que fue antes española que internacional, esa crisis inmobiliaria a la que ahora se ha sumado la bancaria. “Pan para hoy y hambre para mañana” es el resultado de eso con lo que, según Rajoy, “reducimos el paro a la mitad”, por mucho que ahora quiera escurrir el bulto con la esperanza de que el pato lo pague otro.
Entiendo que es su política hacer que lo malo vaya a peor con el fin de erigirse en mesías salvador de las masas, como ya hiciera su antecesor eliminando la “mili” y ganándose así el voto de la juventud española en 1996. Lo malo es que no va a tener receta, o peor aun, va a aplicarnos la misma.
No me queda más remedio que unirme a este otro Grande de España en solicitar su salida inmediata del PP antes de que lo convierta en un nido de izquierdosos rojos separatistas como usted está haciendo.
Una vez más un acto vil y cobarde sacude y se ceba en el tejido empresarial del norte de España.
Los asesinos no han de quedar impunes y un acto de repulsa se hace necesario. Sin embargo, en muchos ayuntamientos no se condenará tal crimen ni se mencionará en el orden del día. No habrá movilizaciones ni pancartas. No se destituirán parlamentos donde no se condene ese crimen concreto. El presidente del gobierno no hablará desde el extranjero para condenar el atentado como tampoco lo hará ningún líder de toda la oposición. Probablemente ningún mandatario foraneo envíe sus condolencias al gobierno de España.
Porque a los propietarios de una empresa de alquiler de coches, la pareja asesinada en Tarragona, no los mató ETA.
Pero eso sí, quisiera instar a familiares y amigos de las víctimas que no se dejen amedrentar, que mientras se haya a los culpables sigan con su vida cotidiana y que no desistan de jugar, si era el caso, su partida de mus. Y es que respecto a algunas cosas, a muchas cosas, el mismo acto de querer definir “la” verdad es excluyente hacia otras verdades y por tanto, un acto falso, vil y cobarde.
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