Así podía haber titulado la anterior entrada en este blog. Siempre me gustaron aquellas viñetas donde siempre descubrías algo nuevo a cada vistazo. Quizá una dramática escena detrás de la figura que apenas ocupaba una esquina.
Es como la niebla que me encontré ayer conduciendo. Sé los problemas que causa conducir durante ese fenómeno atmosférico, pero siempre me ha gustado la niebla. Como un gran teatro natural donde se abre un telón para ver parte de la acción y volver caer para abrirse en otro lado, intuyendo la imagen global que nunca percibes entera.
Así pues disfruto cuando monto referencia sobre referencias a referencias, sin dejar nunca claras todas las fuentes y citas y dejandote a tí la sorpresa de descubrir alguna nueva tras una posible nueva lectura.
Fintas en las fintas de las fintas.
No es el cuento… es cómo se cuenta.
Mi madre recuerda que yo empezé a leer tarde. Su memoria ha de ser peor que la mía: aunque empezé el colegio con 5 años (preescolar), no me costó demasiado ponerme al día, incluso en inglés. Fui de los primeros en saberme el alfabeto de memoria, incluso con su pronunciación exacta, algo que me valió que me llamasen “el peninsular” en esta mi canaria y seseante tierra.
De la lectura me fascinaba la intriga de no saber por qué aquella familia tenía esquirlas de un espejo dentro de los ojos, de quién era la cabeza que flotaba en un frasco de alcohol dentro de un coche en un garaje abandonado. Por contra, los primeros libros de fantasía los dejé antes de terminarlos. Tuvieron que pasar 7 años antes de que viera el mundo a través de ojos de reloj de arena, viviese por la justicia de la espada con la que ahora moriría contra un dragón, riese como Taz o reviviese una vez más a Arak, si no como lobo, sí como perro parpadeador. Aun río como el kender, para desesperación del cascarrabias de Carolinus.
Luego puse los pies en el suelo. Demasiados libros fantásticos leí, demasiados sueños vividos como realidad. Había que hacer cosas. Con mis propias manos. Grandes cosas. Quizá ahora las minusvaloro, pero atisbo a recordar que lo fueron, al menos a escala isleña. Incluso tengo el vago recuerdo de que así me lo reconocieron.
Poco importaba, vieja. Ya no sé si me olvidé de cómo me llamaba o simplemente quise ser Nada, si Morg me mató o yo soy Morg, si miré a la maldad en un espejo y perdí todo interés. No importa…
…porque he desenterrado un recuerdo. No importa que hayas ido y hayas vuelto. No tiene que haber un final: hay serpientes que se muerden la cola. Símbolos de muchas cosas, a nadie debiera extrañar ver un montón doquiera mire.
A tí, lector, te digo: tampoco importa si no entiendes una palabra o si algún día las entenderás. Lo importante es que hoy te he servido uno de los mejores trozos de mi mundo. Se buen anfritrión y come. O simplemente no muestres apetito si son otros tus gustos. Pero no te extrañe mi disgusto si juegas con la comida.